domingo, febrero 25, 2007

En la tormenta

…y los árboles se agitaban pero no estaban nerviosos, sino todo lo contrario: sonreían iluminados por los focos del coche, danzando enloquecidos, dando gracias al cielo porque había regresado al fin la lluvia. En la noche parecían sombras del abismo que me iban describiendo el camino de vuelta a casa.

La lluvia horizontal y su música atropellada golpeaban la muralla acristalada de la luna delantera. Ante nuestros ojos asustados encontramos la espesura de los astros que cubrían de tinieblas los campos yermos.

Agua de vida, por eso levanté el pie que se me había incrustado en el acelerador. Entonces, la única velocidad que aumentó fue la del limpiaparabrisas, que en su vaivén frenético no acertaba a despejarnos del todo la imagen borrosa de la carretera, y luchaba sin tregua apartándonos de la insistente tormenta.

A lo lejos, en el retroceder constante del horizonte que dejaba tras de sí lo infinito del paisaje, luces minúsculas y chimeneas humeantes (quién estuviera calentándose en ellas). Dentro del vehículo la música de la radio, y su mano que se posó sobre la mía para darme ánimos. Sin apartar la vista del camino la sentí cómplice, y fuimos felices un día más.